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La serpiente brillante



 Por la ventanilla del ómnibus veo acercarse la ciudad, como una inmensa serpiente de escamas brillantes. Su cuerpo se extiende en la oscuridad cerrada del campo alternando luces plateadas y rojizas. Lentamente me voy aproximando a ella, emergiendo desde la nada del campo nocturno, hasta llegar a sus calles despobladas. A medida que avanzo, los árboles opacos bajo el cielo se van intercalando, pasando velozmente frente al cristal, para perderse a mis espaldas.


Ahora ya soy uno con la serpiente. Lentamente voy rodando por sus entrañas, rozando su piel de asfalto frío, dejando atrás a los pocos transeúntes que aún rondan las calles de invierno. Las vidrieras empañadas devuelven imágenes borrosas de los comercios tras las rejas. Un gato salta desde un tacho de basura, para perderse con sigilo tras la esquina.


Poco a poco me alejo y la luz va desapareciendo. Ahora solo veo el horizonte, donde confluyen el negro del campo con la poca luz que las estrellas le otorgan a este cielo nocturno. A mis espaldas imagino a la serpiente con escamas brillantes, perdiéndose para siempre en la nada de esta noche fría, junto con agosto y las horas de risas que quedaron atrás.


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