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Volar

Luego de meses, que quizás fueron años, de estar parado estático, sin querer ni poder moverme, estancado de forma aparente a la impersonal realidad en la que me encontraba, busqué un lugar apartado y comencé a caminar.

Al principio con algo de miedo, porque a cada paso sentía que la vida misma podía estar escapándoseme, si es que ya no lo había hecho tiempo atrás; pero luego una extraña seguridad se apoderó de mi, como si en el fondo supiera por qué lo estaba haciendo. Lo cierto es que en ese momento, mientras mis pies se alternaban para impulsar mi pesado cuerpo, las razones de mis movimientos me eran totalmente ajenas. A pesar de la gran incertidumbre que me atormentaba, decidí, como un tímido último intento de autocontrol, no detenerme, seguir a pesar de todo, incluso de mi propia opinión. Quizás era lo que estaba destinado para mí, eso que durante tanto tiempo busqué sin éxito, la tan ansiada meta era la que se hallaba escondida detrás del horizonte.

Precisamente hacia ese horizonte me dirigía, lento algunos días, otros más rápido y de forma decidida, afirmando los pasos contra el suelo, la cabeza levantada y los ojos fijos en la delgada línea que une el cielo y la Tierra.

Después de un tiempo, cuando habían empezado a aparecer en mis piernas claros signos de cansancio, mi mente no paraba de dar vueltas alrededor de los mismos pensamientos día tras día, y el dolor de cabeza se juntaba a los músculos que gritaban por descanso, comencé a cuestionarme. ¿Por qué lo hacía? ¿Qué razones me llevaban a ignorar las necesidades de mi cuerpo para empeñarme en tal tarea sin sentido? Por supuesto que nunca hallé las respuestas. Pero en ese momento me sorprendí de encontrar a cientos de personas que caminaban al igual que yo, y su perseverancia me sirvió de bandera y ejemplo para continuar por un tiempo más.

Hasta que el camino comenzó a hacerse empinado y volví a chocarme de frente contra mis limitaciones. Los cerros a los costados que antes me protegían, ahora empezaban a oprimirme, el aire se volvió cada vez más espeso, los pies ya no querían volver a caminar, y la cabeza estaba a punto de implosionar. Regresaban a mi miles de recuerdos no deseados, momentos en los que no fui feliz, otros en los que me sentí disminuido ante alguna situación, y todo ello ahora me hacía creer que no podría continuar. Después de todo no nací para esto (quién sabe para qué), pero tranquilamente podría haber buscado un lugar seguro y refugiarme allí para vivir una vida en paz.

Toda esta situación me llevó a permanecer acampado al costado del sendero un tiempo, con las estrellas como techo, y la naturaleza incondicional a mi lado, como mi consejera, dándome consuelo en su silencio  y sus amaneceres inolvidables. Hasta que una mañana desperté con un aire decisivo que no había respirado en años, el sol me acarició el rostro cuando apenas se asomaba detrás del verde de los campos, y me arrancó así de un sueño revelador. En él me vi de niño, estuve sentado viéndome jugar, me lloré en miles de prematuros sentimientos arrancados del pasado, y reviví los anhelos de aquel infante silencioso. Para el mediodía, ya estaba en marcha una vez más, ahora sin equipaje, como debió ser desde un principio, tranquilo y sonriente, porque por fin sabía hacia donde iba.

Levanté la vista y contemplé asombrado la pendiente que se alzaba delante, tan alta y empinada como la había imaginado, y al final de ella, justo en el ápice, el horizonte esperándome.

Estuve días escalando, meses, años. Era de noche cuando por fin llegué a la cima. En el negro del cielo se colaban las estrellas, como pequeñas ventanas de luz, invitando a perderse en sus mundos trazados con constelaciones. Me sentí algo decepcionado por el paisaje, que había tenido el suficiente tiempo para recrear en mi mente, y ahora aparecía cubierto de oscuridad. Mire hacia atrás intentando ver el camino recorrido, los obstáculos, ahora obsoletos, todo lo vivido. Pero no pude ver nada, todo estaba oculto tras la noche.

Supe que estaba muy alto porque el viento me hamacaba, tiernamente, con sus brazos suaves y frescos, como invitándome a volar.

Volar. Ese era el deseo de aquel niño, y también el de cualquier ser humano anclado en esta tierra sin sentido; ese sería el destino de mi viaje, y el final de todo.

Cerré los ojos, respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire más dulce de toda mi vida, planté en mi rostro una amplia sonrisa de verdadera felicidad, me incliné, y salté hacia la oscuridad definitiva. Y volé, como un niño.

Fui niño, joven y anciano al mismo tiempo, fui toda mi vida comprimida en un segundo eterno.

Y ahora soy solo oscuridad.

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