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Pandemia

Las calles silenciosas, huérfanas de multitudes, de ruidos apresurados, con restos de rutinas impostergables vagando solitarios en ellas; despiertan sorprendidas de a ratos por los pasos inesperados de transeúntes extraviados. Tristes indiferentes de sentido, que atraviesan las veredas buscando escapar quién sabe de qué, haciendo caso omiso a las precauciones. Los días pasan y el encierro se vuelve rutina para algunos. De pronto las paredes de la casa ya no representan descanso, ahora son los límites de un mundo conocido, explorado hasta el cansancio. Un mundo estático, que permanece incambiado a través de los días. La vida diaria acabó por desdibujarse, los horarios se confunden unos con otros. El país va cayendo lentamente en la crisis, como dormido, o más bien como alguien que recién despierta y sigue sin entender mucho qué sucede y hasta duda del límite entre la realidad y el sueño. La economía tiembla entre paranoia y malas decisiones de quienes deben velar por el b...

Paredes

Las paredes no hablan, pero desde su quietud escuchan y lo ven todo. Testigos silenciosos de vivencias, encierros, noches largas y días ausentes. Pasa el tiempo, las personas, las familias, y ellas siguen ahí estoicas, acumulando recuerdos, coleccionando imágenes de las que nadie más oirá hablar nunca. Las paredes nos aíslan, protegiéndonos del mundo, del viento y el frío en el invierno, separando nuestras camas de la noche oscura en las calles. Nos privan del barrio, sus transeúntes, tamizan las conversaciones de la esquina en la mañana, que llegan con palabras amortiguadas rebotando en la almohada tibia. Nos mantienen secos en las tardes de lluvia, acaparando para sí el olor a tortas fritas que solo deja escapar la grieta rebelde de una ventana. Aunque a veces con el tiempo la humedad empieza a ganar la batalla a base de constancia, sombreando los rincones blancos con manchas oscuras y olorosas. Las paredes nos encierran, empujando nuestros cuerpos cautivos hasta ma...

Quince años

Yo era chico cuando el Frente Amplio llegó al poder, allá por 2005. No era un niño, pero si lo suficientemente inmaduro como para entender lo que pasaba o siquiera interesarme. Tabaré Vázquez se convertía en el presidente de la república, y en un hecho histórico luego de años de oposición la izquierda alcanzaba la presidencia. Yo cursaba sexto año de escuela y poco me imaginaba los años que vendrían. Concurría a una escuela inmersa en un contexto complejo, donde se convivía con una realidad muchas veces triste, pero sin embargo asimilada como la norma. Por diferentes factores era un afortunado ya que, si bien no estábamos en posición de privilegio, al llegar a casa contaba con una ducha caliente, un plato de comida y una cama donde descansar. Pero todos los días me cruzaba con realidades diferentes, y eso parecía ser así sin posibilidades de cambio, era lo normal, así debía ser. Reacciones de todo tipo se agitaban en torno al nuevo gobierno, muchos esperanzados de lo que podría pasar...

Vacíos

No es necesario sentirse vacío ni completamente infeliz para experimentar ese sentimiento de vez en cuando. No significa que alguien está incompleto, solo representa una salida esporádica de esa parte de cada uno que nos vuelve indefensos ante los misterios del universo y de nosotros mismos. Es una pausa necesaria frente al pasar de los días, a lo incomprensible del tiempo alejándose rápidamente llevando consigo todo lo que alguna vez fue cotidiano, irrefutable. El vacío nos interpela constantemente, obligándonos a la duda, a la deconstrucción permanente. Poner nuestros valores y metas sobre la mesa, compararlas con las de los demás, medirlas con nuestros deseos, pensar en las posibilidades, en las injusticias propias del reparto desigual de oportunidades. Foto de Dương Nhân en Pexels Creo que en cierto punto el vacío se vuelve necesario para caminar hacia algún lado. Para hurgar en la vida y obtener de ella cualquier cosa que ayude a llenarlo. Toda persona que haya ...

Los soñadores despiertos

Foto de S napwire en Pexels En ese mágico momento en que la noche parece empezar a ceder, detenerse, me reconozco diferente. Hasta hace unos instantes todo parecía ser tragado por la fría oscuridad del cielo nocturno, que ahora comienza a mostrarse algo más claro sobre uno de los bordes. La arena congelada acabó por helarme los pies, y el aire del mar se llevó consigo casi toda la sensibilidad de mi rostro. De pronto, todo lo que hasta hace un momento no eran más que infinitas posibilidades, ligeras siluetas que danzaban mezclándose con las creaciones de mi propia mente, ahora parece tomar otras formas determinadas. Los límites cambian, los bordes se hacen más evidentes, las proporciones van jugando a su antojo alejándose del mundo conocido. No comprendo aun si es el ambiente a mi alrededor el que amanece distinto, o es el cristal a través del cual lo observo el que lo modifica, impregnando hasta al más simple de los objetos de una magnificencia digna de experimentar con t...

El espía

Imagen de Couleur en Pixabay Su alma en pena vaga por los rincones de la casa, atraviesa los pasillos de la ciudad entera, y sobrevuela insistente donde sea que otras almas caminen. Los pasos sigilosos, siempre intentando disimular su presencia entre las paredes, ojos atentos buscando atrapar el reflejo de las acciones a su alrededor, absorberlas con sus enormes pupilas y así aislarlas del resto del universo. No existen muros que dificulten su vista, cual Superman sus ojos atraviesan el cemento. Sus oídos agudos como los de un cánido, deambulan constantemente al acecho de las palabras, siempre dispuestos a oír las frases que se entremezclan en diálogos, conversaciones privadas, buscando separarlas del silencio, comprenderlas, todas ellas van a parar a los bordes de sus orejas.    Y así, tan pendiente de los sonidos en su exterior, olvida por completo escuchar lo que su propio cuerpo le está diciendo, se ignora; y solo él podría saberlo, pero estoy seguro de que c...

Taxi

  Infinitos ruidos se mezclan en la noche y se acercan a golpear la ventanilla del auto. Transición en curso, cambié de medio, pero el viaje continúa. Luego de dos horas con los ojos entrecerrados y el sueño liviano tambaleándose al compás de los movimientos del ómnibus, al pisar las veredas sucias lo primero que me agredió fue el bullicio de luces por todas partes, saliendo de los autos, manchando las baldosas al bajar desde el alumbrado público, resaltando los insistentes carteles publicitarios. Después los sonidos de la ciudad alborotada, la gente corriendo y agolpándose, las bocinas furiosas empujando autos en la esquina, los gritos perdidos, las estrepitosas risas desconocidas. Todo ello casi logró arrancarme del todo de mi adormecimiento, hasta que logré subir al taxi. Apenas lo hice el cambio de ambiente fue claro, un olor a cuero gastado mezclado con aromatizante con olor a cítrico artificial me invadió. La diferencia de temperaturas se hizo notoria en los vidrios levemen...