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Perdido

  De vez en cuando me pierdo, y me olvido de ser durante horas y a veces días. Desagradable estado, donde se amontonan mil cosas para hacer, pensamientos, preocupaciones y horas de sueño. Todas las palabras que puedan llegar a este sitio sobran, porque no hay más lugar que para el silencio. La rutina se desinfla, unas veces de un golpe, otras de a poco, y cae sin peso, hasta quedar atrapada entre el calor de las frazadas y la oscuridad de las cuatro paredes. Allí en ese ambiente cálido y solitario, la música danza con suavidad, las canciones atraviesan las horas, mientras afuera el sol o la luna recorren el cielo.

  Aquel ser del día anterior, corriendo las veredas, parece lejano, y el que vendrá mañana es un misterio. Como el misterio de qué es lo que conduce a este lugar, cuáles son las palabras, las acciones, recuerdos, o sentimientos que llevan hasta él.

  Es el sitio perfecto para tomar grandes decisiones, reorganizar lo que se quiere con lo que se tiene, evaluar posibilidades y agradecer. Darse cuenta de que como dicen “la vida es solo un viaje”, y siendo así es necesario detenerse de vez en cuando para descansar. Pero lo mejor de este estado, es que es necesariamente pasajero. Se puede permanecer allí el tiempo que cada uno desee o requiera, el que haga falta al cuerpo para recobrar fuerzas, reencontrarse con la ilusión del sendero a seguir.


  Para algunos la vida está llena de estos momentos, son estaciones insalvables para poder continuar el camino. Otros, sin embargo, van corriendo sin mirar a los lados, sin ni siquiera pensar en detenerse, y quién sabe en qué momento y condiciones el destino los obligará a hacerlo. 

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